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8 Comisión: Rol del Estado
9 Comisión: Construcción de la Unidad Popular.
10 Comisión relaciones internacionales
El presidente legítimo de Honduras llegó al poder en 2006 como un candidato conservador. Luego se alió con Hugo Chávez, se unió al ALBA y ajustó el salario mínimo a la canasta básica. Y promulgó una ley de protección forestal.
Manuel Zelaya no suele citar al Che Guevara o a Simón Bolívar, prefiere invocar a Dios y al prócer de su país Francisco Morazán. Orgulloso de sus raíces, el presidente legítimo de Honduras, que fue derrocado por un golpe de Estado militar el domingo pasado, nunca abandonó su imagen de terrateniente. Sombrero de vaquero, camisa informal, botas tejanas y un bigote tupido, que apenas cubre una sonrisa descontracturada, amigable. Nunca fue un gran orador, pero su calidez y su imagen de hombre de familia honesto lo acercó a las organizaciones sociales y a los más pobres. “Con Mel por primera vez un presidente se sentó a hablar con nosotros y nos explicó por qué no podía hacer todo lo que le pedíamos”, recordó ayer Juan Barahona, un dirigente de Bloque Popular, una de las organizaciones que acompañó a Zelaya hasta el último día y que desde el golpe demanda su vuelta en la calle.
Tanto sus aliados como los que lo sacaron del poder en pijama y a punta de ametralladoras en la madrugada del domingo coinciden en que Zelaya no es un hombre fácil de descifrar. Ricardo Martínez, su ministro de Turismo, lo conoce desde que eran chicos. “Somos primos lejanos, pero nuestras familias eran muy unidas”, contó a este diario desde la clandestinidad. Para Martínez el mandatario hondureño es la combinación perfecta entre su padre, uno de los empresarios madereros más importantes del país centroamericano, y su madre, una maestra de escuela primaria. “De su padre aprendió a moverse en el mundo de los negocios, a entender cómo hacer dinero y cómo repartirlo; de su madre heredó la costumbre de pensar la realidad, cuestionarla”, aseguró Martínez.
De chicos, continuó el ministro, estudiaron en el colegio salesiano de San Miguel, en el departamento maderero de Olancho. Corrían los años ’70 y los sacerdotes enseñaban las ideas de los franceses Voltaire y Rousseau, y de los teólogos latinoamericanos de la liberación. “En aquellos años, Mel era el poeta y político de la familia”, recordó.
Su afición por los libros y la filosofía política, no obstante, no pudo con el mandato familiar. Zelaya entró a la universidad para estudiar Ingeniería Civil, pero según reconoció en varias entrevistas durante la campaña presidencial de 2005, se aburrió y largó los estudios. Volvió a su casa paterna y se hizo cargo del negocio familiar. Era un digno hijo de la oligarquía hondureña. Fue presidente de la Asociación de Industriales de la Madera, miembro del máximo órgano empresarial del país, el Consejo Hondureño de la Empresa Privada, y se afilió al Partido Liberal, uno de los partidos tradicionales conservadores.
Hace cinco años se animó a dar el salto. A pesar de ser casi un desconocido para la mayoría de los hondureños, el empresario maderero presentó su candidatura a presidente para las internas del Partido Liberal. Su rival, una dirigente del establishment sin apoyo popular, no tenía chances frente al resto de los candidatos y casi a desgano la cúpula partidaria le dio su apoyo.
La campaña fue como la de cualquier candidato conservador, aunque con un énfasis un poco más marcado en la lucha contra la pobreza. Sin embargo, los dos enemigos a derrotar eran la inseguridad producto de la violencia de los maras –bandas criminales de jóvenes centroamericanos– y la corrupción endémica en el Estado hondureño. Lo único que prometía un cambio era su slogan: “Urge el cambio, urge Mel”.
“Los primeros dos años de su gobierno no hubo señales de cambio; era otro presidente de la oligarquía”, hizo memoria Barahona. En aquellos años el campo popular estaba en pie de guerra contra el poder. La organización de Barahona, Bloque Popular, y las coordinadoras indígenas y campesinas cortaban las rutas e inundaban las calles de la capital semana de por medio en repudio del Tratado de Libre Comercio que el gobierno anterior había firmado con Estados Unidos y que entró en vigor junto con el inicio del mandato de Zelaya. También reclamaban leyes para limitar a las multinacionales mineras y petroleras, frenar la deforestación y empezar un proceso de redistribución de la riqueza nacional.
Barahona no recuerda exactamente cuándo el presidente hizo click, pero fue en los primeros meses de 2008. “Honestamente no sé qué pasó, pero el presidente sufrió una metamorfosis”, dijo, después de pensarlo unos segundos. Ese año se sumó al proyecto energético de Hugo Chávez, Petrocaribe y más tarde al ALBA.
Abrió a licitación las compras gubernamentales de combustibles, arruinándole el negocio a Esso, Shell y Texaco; ajustó el salario mínimo a la canasta básica, una medida sin precedentes en el país; promulgó un ley de protección forestal, a pesar de su pasado de magnate maderero; y le pidió disculpas públicamente a Fidel Castro en nombre del Estado hondureño por haber prestado su territorio en los años ’80 como base para la lucha antiguerrillera de Estados Unidos. Zelaya no es un revolucionario, pero intentó cambiar la historia de su país. “Fue mucho mejor que todos los presidentes que se presentaron como hombres del pueblo”, aseguró Barahona.
Por María Laura Carpineta